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El papel del Big Data frente al Coronavirus

El Big Data es un concepto relativamente nuevo. Hasta hace pocas décadas, poca gente sabía si quiera qué querían decir esas dos palabras inglesas. Hoy en día el término está por todas partes, y puede jugar un papel esencial en el que ya es, sin lugar a dudas, uno de los grandes retos de nuestra generación: la lucha contra el Coronavirus.

Poca gente ignora ya el valor de los datos. Nos encontramos en el momento de la historia en el que más información hay a nuestro alcance, y la capacidad de generar con ella modelos estadísticos, junto con las evidencias cuantitativas que pone de manifiesto esa data, permite diseñar sistemas y generar estrategias con mucha más precisión y sentido. Esto explica que los datos se hayan ido poco a poco infiltrando en cada vez más procesos productivos y se estén convirtiendo en una pieza clave en los mecanismos de funcionamiento de cada vez más sectores y actividades. El de la sanidad es solo uno de tanto otros ámbitos en los que el Big Data puede aportar numerosos beneficios, con la particular de que, en este caso, esa utilidad puede favorecer a la sociedad en conjunto, especialmente en un contexto sanitario como el que nos encontramos.

Efectivamente, los datos son un elemento que se está demostrando esencial para generar aquellos modelos y aquellas curvas que explican con mayor exactitud la expansión del patógeno, la localización de las principales áreas de contagio, la incidencia real en los casos de contagios y muchas otras cuestiones. Y no solo eso, nos puede ayudar también a entender mejor la evolución de la situación y contrastar las diferentes informaciones que nos llegan de diversos medios de comunicación. Por si fuera poco, tiene el potencial, incluso, de ayudar a pronosticar, a través de algoritmos diseñados al respecto, los posibles movimientos que podrían generarse en función de los diferentes escenarios que los mandatarios de turno planteen. Por otro lado, hay grupos de personas que no se sienten cómodos con este tipo de rastreos y que prefieren reducir su huella digital evitando determinadas herramientas o utilizando una VPN para PC para así evitar ser geolocalizados.

Lo cierto es que el uso de este tipo de tecnologías para analizar y predecir el ritmo y las dinámicas de transmisión de enfermedades contagiosas no es algo tan novedoso, aunque es en esta crisis cuando autoridades, gobiernos y organismos sanitarios empiezan a echar mano de este tipo de herramientas de manera más sistemática y generalizada. Ejemplos como los de Taiwan o Corea de Sur ponen de manifiesto la capacidad de estas estrategias para mantener a raya al virus. La recopilación, la monitorización y el uso de grandes cantidades de datos (por medio de la integración de bases de datos sanitarias, de datos de inmigración y aduanas, y de datos derivados de aplicaciones y tecnología móvil, entre otras cosas) han sido una de las principales recetas de estos dos países para mantener los contagios en cifras relativamente bajas después de los primeros brotes. China, por su parte, ha dado un paso más allá, perfeccionando sus sistemas de reconocimiento fácil a través de IA para adaptarlos a las nuevas circunstancias y ser más eficientes.

El uso del Big Data, y otros sistemas de recopilación y monitorización de información ciudadana, sin embargo, lleva aparejado también un polémico debate relacionado con la privacidad. ¿Hasta podemos pueden llegar las autoridades bajo el pretexto de la defensa de la salud pública? ¿Es necesario cercenar la esfera individual privada y cierto grado de libertad para contribuir a la lucha? ¿Hasta qué punto debemos hacerlo antes de que el remedio sea peor que la enfermedad? Todas estas son preguntas que surgen alrededor de esta temática en medio de una realidad global y bajo el contexto de unos métodos de actuación con los que la humanidad no está del todo familiarizada (aún).

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