Economía 

Venezuela al borde de dar un giro: cómo se reconstruye la confianza en un país que aprendió a desconfiar

Durante años, la palabra “confianza” fue casi un lujo en el vocabulario económico venezolano. Hiperinflación, controles, sanciones, colapso de servicios y migración masiva erosionaron algo más profundo que el PIB: la certeza de que valía la pena planificar a futuro. Sin embargo, en 2025 y lo que va de 2026, los números y las conversaciones en el mundo empresarial empiezan a mostrar un matiz distinto: hay movimiento, hay oportunidades… pero la confianza sigue siendo frágil, selectiva y condicionada.

Reconstruirla no es un acto de fe, sino un proceso: institucional, económico, empresarial y también emocional. Y Venezuela está apenas en los primeros capítulos de esa historia.

Un país que crece… pero no se fía del todo

De acuerdo con estimaciones sistematizadas por el PNUD, la economía venezolana habría crecido alrededor de 6,5% en 2024, impulsada por un fuerte repunte del sector petrolero (más de 17% de expansión) y un avance de casi 5% en las actividades no petroleras. Ese rebote se apoyó en cierta flexibilización de sanciones, algo más de inversión y un mejor desempeño de la manufactura y las exportaciones no tradicionales.

En 2025, distintos reportes sitúan el crecimiento en un rango que va desde cifras oficiales cercanas al 9% hasta estimaciones internacionales más moderadas, entre 0,5% y 4,2%, en un contexto de inflación todavía muy elevada y fuerte depreciación del bolívar. El mensaje de fondo es claro: la economía se mueve, pero sobre una base todavía inestable.

La radiografía empresarial: menos nómina, más obstáculos

Un informe reciente de Fedecámaras dibuja una paradoja: Venezuela creció 6,5% en 2025, pero las empresas privadas tienen hoy menos empleados formales que hace dos años.

Entre los principales obstáculos que el sector privado identifica están:

  • Crédito escaso: la cartera de crédito apenas ronda el 2,6% del PIB, muy lejos del promedio latinoamericano (45–50%).
  • Carga fiscal asfixiante: los impuestos pueden absorber entre 60% y 80% de las utilidades de las empresas formales.
  • Trámites interminables: abrir una pequeña empresa puede tomar más del doble de tiempo que en otros países de la región.
  • Servicios públicos precarios: cerca de 78% de las empresas reporta perjuicios por fallas eléctricas.

Es un entorno donde la lógica de “sobrevivir” empieza a ser insuficiente, pero la de “invertir a largo plazo” todavía no termina de consolidarse.

Voces empresariales: confianza como apuesta calculada

Lorenzo Mendoza y el mensaje de la economía real

En este contexto, figuras como Lorenzo Mendoza, presidente de Empresas Polar, se han convertido en referentes simbólicos de la resiliencia empresarial. Durante años, Polar ha operado en medio de controles, escasez, hiperinflación y conflictividad política, manteniendo producción de alimentos básicos y adaptándose a cambios regulatorios abruptos.

El mensaje que se desprende de su trayectoria y de intervenciones públicas recientes es consistente:

  • La economía real importa más que la narrativa política del día a día.
  • La inversión en capacidad productiva, logística y talento local es una apuesta de largo plazo, incluso en entornos hostiles.
  • La confianza no se espera: se construye operando, cumpliendo y manteniendo presencia en el mercado, aun cuando el entorno institucional no sea ideal.

Para muchos empresarios medianos y pequeños, Polar funciona como un “termómetro”: si una compañía de ese tamaño sigue apostando por el país, quizá todavía hay espacio para arriesgar.

José María Nogueroles: la fe del banquero que volvió a apostar por Venezuela

En enero de 2026, en una entrevista con Román Lozinski, José María Nogueroles, figura histórica de la banca venezolana y hoy presidente de una entidad financiera emergente, dejó una frase que resonó en el sector:

“De mensajero a protagonista de la banca venezolana… hoy —cerca de los 90 años— apuesto nuevamente por el país desde una entidad financiera emergente.”

Nogueroles no habla como economista ni como analista, sino como hombre de negocios, banca y finanzas, que ha vivido los ciclos de la economía venezolana desde adentro. Su mensaje es simple, pero poderoso: él cree en el país, incluso cuando muchos dejaron de hacerlo.

En declaraciones posteriores sobre el impacto de sanciones financieras, afirmó: “Sancionado el Banco Central, sancionan a todo el sistema, especialmente a Sofitasa.”

Más allá del contenido técnico, su postura transmite una convicción: la banca venezolana ha sobrevivido porque sabe adaptarse, y él está dispuesto a seguir apostando por esa capacidad.

Analistas y voces técnicas

En paralelo, economistas como Asdrúbal Oliveros han insistido en que la reconstrucción de la confianza pasa por tres capas:

  • Reglas claras y estables: sin un marco regulatorio predecible, el costo del capital se dispara.
  • Sistema financiero funcional: el crédito productivo es el puente entre el ahorro y la inversión; sin él, la economía se queda en “modo efectivo”.
  • Instituciones que cumplan lo que anuncian: desde el regulador bancario hasta las autoridades tributarias, la consistencia en la aplicación de normas es clave para reducir la percepción de riesgo.

Cámaras como Fedecámaras, Conindustria y Consecomercio repiten una idea similar: el sector privado está dispuesto a invertir, pero necesita señales mínimas de estabilidad jurídica, respeto a la propiedad y racionalidad tributaria.

La confianza que viene de afuera: la diáspora que mira de reojo

Los que esperan “la señal”

Tras más de una década de migración masiva, existe hoy una diáspora venezolana profesionalizada, con experiencia en mercados como Colombia, Chile, Estados Unidos, España o México. Muchos de ellos han acumulado capital, redes y know-how, y están en una posición singular: conocen el riesgo venezolano, pero también su potencial.

En conversaciones con consultores y cámaras binacionales, se repite un patrón:

 Emprendedores en el exterior con planes de retorno condicionados.

  • Condiciones mínimas que esperan:
    • Mayor estabilidad política (o al menos menor incertidumbre extrema).
    • Señales claras sobre respeto a la propiedad privada.
    • Posibilidad de repatriar dividendos o, al menos, operar en dólares sin sobresaltos regulatorios.

Muchos tienen proyectos “en carpeta”: franquicias de alimentos, centros de distribución, servicios de salud privada, soluciones logísticas y tecnológicas. No han regresado todavía, pero han hecho estudios de mercado, identificado socios locales y mapeado riesgos. La confianza, en su caso, se traduce en estar listos para moverse rápido cuando perciban un cambio de fase.

Los que ya regresaron (y no lo hicieron por nostalgia)

Hay también un grupo más pequeño, pero significativo, de venezolanos que ya ha empezado a invertir en el país:

  • Pequeñas y medianas plantas de procesamiento de alimentos, aprovechando la dolarización de facto y la demanda interna insatisfecha.
  • Clínicas y centros de diagnóstico privados, orientados a una clase media que paga en divisas por servicios de mayor calidad.
  • Operadores logísticos y de transporte de carga, que ven margen para mejorar tiempos, trazabilidad y costos frente a una competencia debilitada.

No son inversiones masivas ni comparables a los grandes flujos de capital de otras épocas, pero sí son señales: hay actores que están dispuestos a asumir el riesgo hoy, apostando a que la curva de normalización—política y económica—será gradual, no súbita

Edgar Gutiérrez: el ingeniero que estudió otras recuperaciones y ahora mira a Venezuela con intención de volver

Entre los venezolanos en el exterior que observan al país con atención está Edgar Gutiérrez, ingeniero formado en Venezuela y con un MBA en Austin (EE. UU.). Tras más de una década trabajando en proyectos de infraestructura y logística en distintos mercados, Gutiérrez ha estudiado cómo otros países lograron reconstruir confianza después de crisis prolongadas.

Su análisis se basa en tres casos:

  • Colombia alrededor de 2005, cuando la mejora en seguridad y la inversión en infraestructura impulsaron un ciclo de crecimiento.
  • Argentina en varios de sus ciclos de salida de crisis, donde la estabilización macroeconómica permitió reactivar sectores productivos.
  • Myanmar en su etapa de apertura, con énfasis en inversión extranjera y modernización de sectores estratégicos.

Edgar Gutiérrez identifica un patrón común: la recuperación siempre empieza en la economía real, -infraestructura, energía, logística, salud y recursos naturales- no en los discursos.

Y Venezuela no es la excepción—solo que llega a este punto con un deterioro más profundo en servicios básicos y en la red logística.

El ingeniero venezolano está seguro que Venezuela tiene condiciones similares a otros países para iniciar un ciclo de reconstrucción:

  • Un mercado interno amplio.
  • Una diáspora profesionalizada con capital y experiencia.
  • Sectores con demanda estructural: alimentos, salud, logística.
  • Un empresariado que, pese a todo, sigue operando.

Edgar Gutiérrez planea regresar al país en los próximos meses. Su visión es optimista, pero no ingenua: “Venezuela puede recuperar la confianza y la prosperidad económica, pero será un proceso gradual, no un salto repentino.”

  • Estabilidad institucional.
  • Respeto a la propiedad privada.
  • Reglas claras para invertir.
  • Reducción de la incertidumbre extrema.

Sin eso, la economía avanza, pero con freno de mano.

Un futuro que no está garantizado, pero sí disputado

Venezuela no ha recuperado la confianza; la está negociando. Entre un pasado reciente de colapso y un futuro posible de reconstrucción, el país vive una etapa híbrida: crece, pero con inflación; atrae algunas inversiones, pero espanta otras; genera oportunidades, pero también riesgos elevados.

En ese terreno resquebrajado, la confianza no es un sentimiento abstracto, sino una decisión económica: quedarse, volver, invertir, asociarse, abrir un centro de distribución, firmar un contrato a cinco años.

Como resume el propio Gutiérrez cuando habla de reconstrucción económica afirma: “La confianza se construye respondiendo a necesidades reales, todos los días.”

En fin: Al recorrer las voces, datos y señales que hoy configuran el panorama venezolano, emerge una idea central: la confianza no ha regresado plenamente, pero está en proceso de reconstrucción. No es un fenómeno espontáneo ni uniforme; es una suma de decisiones individuales, de apuestas calculadas, de retornos silenciosos y de persistencias que desafían la lógica de un país que durante años pareció condenado al estancamiento.

Los empresarios que nunca se fueron —como Mendoza—, los banqueros que regresan a apostar —como Nogueroles—, los economistas que advierten sin renunciar al análisis técnico, las cámaras que piden reglas claras, y los venezolanos en el exterior que observan con cautela, pero con intención de volver, conforman un ecosistema que empieza a moverse después de una larga parálisis.

La economía real —alimentos, salud, logística— se perfila como el terreno donde la confianza puede convertirse en crecimiento tangible. Y figuras como Edgar Gutiérrez quienes han estudiado cómo otros países reconstruyeron su tejido económico tras décadas de crisis, recuerdan que los procesos de recuperación no son lineales, pero sí posibles cuando convergen tres elementos: voluntad, oportunidad y estabilidad mínima.

Venezuela sigue siendo un país de contrastes: avanza y retrocede, entusiasma y desconcierta, promete y decepciona. Pero en medio de esa complejidad, hay un hilo que vuelve a tensarse: la idea de que sí es posible construir futuro, incluso sobre terreno resquebrajado.

El riesgo país de Venezuela se redujo drásticamente en el 2026 en comparación al año 2025 cayendo a 5557 puntos a principio de mayo lo que representa una baja de más del 56% frente a los 12741 puntos en lo que cerró en diciembre 2025, lo que marca una evolución en esta medición de confianza lo que, en última instancia, no es un estado: es un movimiento. Y Venezuela, lentamente, ha comenzado a moverse otra vez.

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